Es probable que conozcas a una o varias personas que a menudo dejan claro que sus conocimientos y competencia son extraordinarios. Ese cuñado que critica al entrenador de fútbol diciendo lo inútil que es y lo bien que lo haría él o esa presidenta anunciando nuevas medidas sanitarias muy segura de sí misma.

También es posible que conozcas a personas que en ocasiones te hayan contado que se sienten inseguras de sus habilidades y, sin embargo, tú hayas tenido bastante claro que son personas preparadas y mucho más aptas de lo que ellas creen.

Se tiende a pensar que la autoestima o la confianza en una misma son cualidades fijas que nos han tocado en la lotería genética o condecidas por gracia del Señor, no obstante, la autoestima es una habilidad que podemos adquirir y un valor hacia el que podemos trabajar.

Es fácil caer en dar el consejo de «quiérete más, que tú lo vales». También os sonará el «con lo bien que se te da X y con lo inteligente que eres, pues con esto también puedes». Esta es una zona peligrosa, porque en el momento en el que el valor que ya sabemos que tenemos (adquirido a través experiencia, estudios, habilidades) se ve amenazado, ya no queremos arriesgarnos en nada para no terminar haciendo el ridículo.

Erasmo de Róterdam escribió en 1509 Elogio de la locura en el que nos recuerda con cariño que todo el mundo es idiota, él incluido, por supuesto. Según Erasmo, nadie se libra, ni él mismo: el juicio le falla a menudo; se ve inundado por miedo y por supersticiones de manera constante; le invade la timidez al conocer a alguien por primera vez y se vuelve de lo más torpe en cenas elegantes. Nuestra baja autoestima se debe a que se nos olvida lo poco decente que son otras personas y creemos que llegados a una cierta edad no debemos exponernos a nada que nos ponga en una situación peligrosa para nuestra autoestima.

Según Adam Grant, en teoría la autoestima y la competencia van de la mano. Pero en la práctica no suele ser así. Ya he mencionado al cuñado que sabe más que el entrenador de fútbol, que tiene el síndrome del experto de sofá (armchair quarterback syndrome – traducción propia) donde la confianza en sí mismo supera sus habilidades.

Lo contrario al síndrome del experto de sofá es el síndrome del impostor, en el que la competencia supera a la autoestima. Por mucho que te repitan lo maravilloso, creativa, inteligente y gracioso que eres y por mucho que lo intentes no vas a creértelo más.

¿Cómo dar con el el punto intermedio entre creído e impostora?

El efecto Dunning-Kruger

El efecto Dunning-Kruger se puede resumir en «aquellos que no son muy buenos en algo tienden a tener mucha confianza en sí mismos, mientras que aquellos que se esfuerzan tienden a inflavalorar sus habilidades», como explica Sönke Ahrens en El método Zettelkasten.

Adam Grant menciona una serie de estudios en su libro Think Again en los que los participantes señalaron en una escala si creían que sabían más o menos que la mayoría de la gente sobre una serie de temas generales y luego hicieron un test para comprobar sus conocimientos reales. Cuanto más creían que sabían, más se sobrevaloraban a sí mismos y menos se interesaban por aprender y mejorar. Si crees que sabes más sobre historia o ciencia que la mayoría de la gente, lo más probable es que sepas menos de lo que crees. Como bromea Dunning: «la primera regla del club Dunning-Kruger es que no sabes que eres miembro del club Dunning-Kruger».

Grant cree que el problema con el síndrome de experto de sofá es que no da espacio para repensar, para reflexionar. Si sabemos algo con certeza, no vamos a esforzarnos para buscar lagunas y errores en nuestro conocimiento, y mucho menos cubrir esas lagunas o corregirlas.

Hay otro aspecto menos obvio que nubla la visión de nuestras capacidades: la falta de habilidades metacognitivas, es decir, la capacidad para reflexionar sobre nuestra forma de pensar.

Esto nos afecta a todes. Somos propensas a tener una autoestima alta en situaciones en las que es fácil confundir experiencia con destreza, por ejemplo conduciendo o gestionando emociones. Sin embargo, nos subestimamos si podemos ver claramente que nos falta experiencia, por ejemplo, en habilidades como el dibujo, escribir historias o recitar el alfabeto del revés.

Es difícil caer en la trampa Dunning-Kruger como principiante. Si no tienes ni idea sobre fútbol, es improbable que pienses que sabes más que el entrenador. Es al dejar el estadío de principantes cuando nos confiamos demasiado. Lo peligroso es saber un poco más que nada, el paso en el que perdemos la humildad. Nos encanta progresar a buen ritmo, lo que nos proporciona una falsa sencación de dominar el tema y es más probable que caigamos en la arrogancia.

Esto pone en marcha un ciclo de exceso de confianza que nos impide dudar de lo que sabemos y sentir curiosidad por lo que no sabemos. Nos quedamos atrapados en una burbuja de suposiciones erróneas de principiantes, ignorando nuestra propia ignorancia.

Según Tim Urban, el truco está en quedarse un ratito más en el «modo humildad».

Arrogancia = ignorancia + convicción.

Tim Urban, The Thinking Ladder

La humildad es un filtro permeable que absorbe tu experiencia vital y la convierte en conocimiento y sabiduría, mientras que la arrogancia es un escudo de goma contra el que la experiencia de la vida simplemente rebota.

La humildad a veces se malinterpreta como ser débil o tener opiniones poco convincentes, pero creo que se acerca más a lo que decía Erasmo de que somos todos idiotas y todos tenemos defectos.

Grant propone que dejemos de enfocarnos en la confianza en una misma para poner la antención en herramientas:

Es posible confiar en nuestra capacidad para alcanzar un objetivo en el futuro y al mismo tiempo ser humildes y cuestionar si tenemos las herramientas adecuadas en este momento.

Adam Grant, Think Again, en Viking Pr  (2021). Traducción propia

Nos ciega la arrogancia cuando estamos totalmente convencidas de nuestras fortalezas y de nuestras estrategias y sin embargo nos paraliza el no sentirnos seguras de ninguna de ellas. Si sabemos cómo hacer algo y qué método seguir pero no confiamos en nuestra capacidad para ejecutarlo nos consume el complejo de inferioridad.

La solucion que propone Grant es dirigirnos hacia una humildad confiada: tener fe en nuestra capacidad y al mismo tiempo saber que puede que no cotnemos con la solución correcta o incluso no estar abordando el problema correcto. Esta humildad confiada nos da el espacio suficiente para reexaminar nuestros conocimientos previos y la suficiente confianza para salir en busca de nuevas ideas.

Referencias:

Libros:

Artículo:

The Thinking Ladder – Tim Urban (2019)

Escrito por:Guía Carmona

Un comentario en “Cómo llegar a sentir «humildad confiada»

  1. “Es posible confiar en nuestra capacidad para alcanzar un objetivo en el futuro y al mismo tiempo ser humildes y cuestionar si tenemos las herramientas adecuadas en este momento”. Magnífica la cita! Y bello y útil el concepto de la humildad confiada. Feliz Pascua, Guía.

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