Este pasado octubre, el investigador de conflictos Maik Fielizt y el investigador social Holger Marcks publican el libro Digitaler Fachismus en alemán, (fascismo digital, que aún no se ha publicado en español y que si alguna editorial se anima, que me escriba, please) en el que se preguntan si los actores de la ultraderecha hacen un mayor uso y quizás también un uso más eficiente de las estructuras digitales que están a nuestra disposición.

Esta pregunta responde de una manera específica el cómo organizamos la toma de decisiones y el reparto de poder de la democracia, y debe incluir además la cuestión que se ocupa de qué otras relaciones de dominio y de desigualdad sostienen las democracias modernas occidentales. En el caso de este artículo, el foco de estas desigualdades se centra en el uso de las redes sociales y los medios digitales en manos de la derecha extrema.

Si rebobinamos hasta junio de 2020, Twitter tomó medidas filtrando, ocultando y borrando declaraciones de Trump en cuanto al asesinato de George Floyd a manos de la violencia policial. Sin embargo, Facebook declaró que su empresa no era un «árbitro de la verdad» y menos en el espectro político.

Este dilema ilustra particularmente bien el dilema en el que se encuentran actualmente las sociedades democráticas, lo cual se explica en el libro Digitaler Fachismus: se espera que las mismas plataformas que se han convertido en el motor del extremismo de derecha defiendan ahora la democracia. Indirectamente, esto es una muestra del poder de las redes sociales más conocidas y usadas en gran parte del mundo.

A través de las decisiones, estas empresas, no sólo influyen significativamente en la manera en que se forma la opinión pública, sino también en la forma en que se desarrolla la sociedad. Tanto si las redes sociales quieren admitirlo como si no, tienen una gran responsabilidad en el bienestar y en la democracia. Se han convertido en importantes medios de comunicación que transmiten la realidad y dan forma al discurso político. Al mismo tiempo, proporcionan estructuras de organización virtuales que también son utilizadas por extremistas e incluso terroristas; es decir, enemigos declarados de la democracia. Esto da lugar a una dinámica que está en contra de las libertades democráticas y el fascismo digital es una de esas dinámicas, que también debe entenderse como resultado del diseño de cómo funcionan las redes sociales.

De forma que si un Zuckerborg quiere ganar dinero a través de las redes sociales pero no se responsabiliza de sus consecuencias, la pregunta que nos surge de forma urgente es si se le debe conceder tal poder en primer lugar. A primera vista parece casi de manual de democracia que Facebook sugiera que las redes sociales no deben abusar de su poder y deben permanecer políticamente imparciales. Pero estrictamente hablando, esta misma afirmación requiere que asuman el papel de árbitros. No es casualidad que a estos últimos también se les llame «imparciales». Su trabajo, después de todo, es hacer cumplir ciertas reglas para que todos los jugadores se comporten de manera justa. Así que cuando Zuckerborg se niega a aplicar las reglas del discurso democrático, confunde la imparcialidad con la irresponsabilidad. Porque si el árbitro imparcial solo se dedica a observar como los jugadores cometen faltas graves, entonces no está haciendo su trabajo. Al fin y al cabo, incluso les da ventaja, yéndose indirectamente al campo de la parcialidad.

Carolin Emcke menciona en su libro Contra el odio que algo ha cambiado estos últimos años, y ella se refiere al contexto de Alemania, pero creo que podríamos extraporlarlo a un contexto mucho más amplio, tanto geográficamente como de forma más abstracta. Hoy vemos como el odio se muestra de forma abierta y descarada, sin vergüenza. El anonimato que caracterizaba antes a los mensajes de odio ha desaparecido y desde un tiempo a esta parte ya no han hecho falta alias para lanzar mensajes xenófobos, racistas, de fantasías violentas, etc.

«Si hace algunos años alguien me hubiera preguntado si creería posible que en esta sociedad se volviera a hablar así, lo habría descartado por completo. Para mí era absolutamente inconcebible que el discurso público volviera a embrutecerse de este modo y que las personas pudieran ser víctimas de un acoso tan desmedido. Es como si las expectativas convencionales sobre lo que debe ser una conversación se hubiesen invertido. Como si los estándares de convivencia se hubiesen vuelto del revés: cómo si quien considera el respeto a los demás como una forma de cortesía, tan sencilla como incontestable, debiera avergonzarse; como si quien niega el respeto al otro, es más, quien profiere insultos y prejuzga a voz en cuello, pudiera enorgullecerse de hacerlo.»

Contra el odio, Carolin Emcke, publicado por Taurus

A raíz de estas líneas no puedo dejar de pensar el entorno digital como posible medio que propicia que las personas tengan acceso a un canal en el que se encuentran más seguras y más distanciadas. No solo seguras en el sentido al que se refiere Emcke, es decir, convencidas de sus ideas, sino también seguras en el sentido de no recibir represalias directas al acosar, difamar o repartir odio.

¿Cómo podemos domar este fascismo digital sin mermar la libertad de opinión y los valores de una sociedad abierta y librepensadora? ¿Deberíamos hacer responsables a las propias plataformas por permitir que los mensajes de odio lleguen a una audiencia formada por millones de personas en segundos? Las normas periodísticas y éticas que las democracias desarrollaron en su día para la comunicación dirigida a las masas pueden palidecer en comparación con la nueva libertad de publicación que se da en las redes sociales. Pero cabe preguntarse por qué el beneficio colectivo para el entendimiento democrático debe pesar menos que el interés de los individuos en tanto se les permita influir a los demás sin restricciones en una sociedad ya dañada. Después de todo, es justo esto, la voluntad de manipular lo que la exstrema derecha utiliza para ganar espacio en los medios sociales poco regulados. La demanda de una regulación más estricta en las redes sociales se enfrenta repetidamente a la acusación de que interferiría de forma autoritaria con el librepensamiento, e incluso se acercaría a un sistema de censura estatal como el de China. Como si sólo hubiera dos extremos de control digital: Silicon Valley contra Beijing.

Hemos visto que a raíz del asalto al Capitolio de enero de 2021 aparece el deplatforming (ahora también en Facebook): la desplataformización, mediante el cual las redes sociales bloquean o eliminan las cuentas de movimientos o figuras de extrema derecha. En el reciente estudio del Instituto para la Democracia y la Sociedad Civil de Jena titulado «Hate not found» (Odio: no encontrado), de noviembre de 2020, se concluye que «la desplataformización funciona» porque limita significativamente el «poder de movilización». «El hecho de que varios actores clave ya no tengan acceso a las plataformas hace que pierdan una gran amplitud de alcance y, por lo tanto, de importancia».

Como dice Julia Ebner en su libro Going Dark: The Secret Social Lives of Extremists, los grupos extremistas no son sólo los primeros en adoptar la tecnología. También son los primeros en explotar las debilidades que la tecnología crea en la sociedad. Desde los juegos de rol en vivo hasta la movilización en vivo y el terrorismo en juego, las comunidades extremistas virtuales ofrecen a sus miembros nuevos modos de entretenimiento, distracción, gratificación instantánea y un aumento del ego. Utilizan la tecnología para dar a los individuos lo que la tecnología les ha quitado: pertenencia, autoconfianza e identidad. O quizás ilusiones de todas ellas.

En última instancia, esta naturaleza entrelazada de la tecnología y la sociedad significa que abordar una de ellas aisladamente de la otra probablemente no nos servirá de mucho. El progreso tecnológico no se produce en un vacío social; tampoco los avances de la sociedad se producen sin consecuencias tecnológicas. Si queremos contrarrestar el auge de los movimientos extremistas de alta tecnología e hipersociales, no bastará con culpar sólo a la sociedad o a la tecnología. Tampoco bastará con buscar solo soluciones centradas en la sociedad o en la tecnología. En cambio, necesitamos entender y aprovechar la interacción entre ambas: ¿qué hacen las últimas innovaciones tecnológicas con nosotros como sociedad, y cómo reflejan nuestro espíritu, debilidades y deseos?

Referencias:

Fielitz, M. y Marcks, H. (2020). Digitaler Fachismus. Die sozialen Medien als Motor des Rechtsextremismus. Dudenverlag.

Ebner, J. (2020). Going Dark. The Secret Social Lives of Extremists. Bloomsbury.

Emcke, C (2016). Gegen den Hass. Fischer Verlag.

Nocun, K. (2020). Er ist wieder da: So sieht moderner Fachismus aus. So erkennst du ihn treffsicher in all seinen Formen. Perspective Daily. https://perspective-daily.de/article/1473/U96ITbs

Strobl, N. (2020). Wie die extreme Rechte die Coronakrise für sich nutzen will. Perspective Daily. https://perspective-daily.de/article/1249/UYHnJHnV

Escrito por:Guía Carmona

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